El ciudadano atento
El vertedero
Dr. Luis Muñoz Fernández
Steven Johnson, escritor estadounidense de divulgación científica, describe de manera a la vez fascinante y repugnante lo que ocurría en los márgenes del río Támesis a mediados del siglo XIX:
“Es agosto de 1854 y la ciudad de Londres es una ciudad de carroñeros. Sus propios nombres evocan ahora una especie de catálogo de animales exóticos: recolectores de huesos, traperos, buscadores de materias puras, dragadores, hurgadores del barro, cazadores de las cloacas, captores del polvo, limpiadores de excrementos humanos, hurgadores del río, hombres de la orilla…
Eran las clases bajas de Londres, una comunidad de al menos cien mil personas. Tan notable era su presencia que si se hubieran separado de la ciudad para formar la suya propia, habrían creado el quinto núcleo urbano más extenso de toda Inglaterra. Pero su diversidad y la precisión de sus rutinas destacaban más que su proporción. Los madrugadores que paseaban por las orillas del Támesis podían presenciar cómo los hurgadores del río se adentraban en él en busca de la basura arrastrada por la marea, vestidos con un aire un tanto cómico, con largos y anchos abrigos de pana cuyos enormes bolsillos se llenaban de pedazos sueltos de cobre que recuperaban en la orilla… Junto a ellos revoloteaban los hurgadores del barro, a menudo niños, vestidos con andrajos y contentos de poder coger todos los desechos que los hurgadores del río rechazaban por no cumplir los requisitos: pedazos de carbón, madera vieja, trozos de cuerda”.
Si el lector desea ahorrarse la prolija descripción de las líneas precedentes, la podrá ver recreada al principio del tercer episodio de “Tabú”, una serie ambientada en el Londres de aquella época a la que puede accederse en la plataforma informática de entretenimiento más popular de la actualidad.
Un par de siglos después, es decir, en el siglo XXI, las orillas cenagosas y repletas de inmundicias del Támesis parecen haberse extendido a todo el planeta. El género humano, que no encuentra reposo en este mundo, presa de un impulso febril –y fabril– que lo atrapa en un círculo vicioso de producción y consumo, genera y derrama desechos sin cesar, a la par que devora todo recurso natural (incluido él mismo) que encuentra propicio para sus fines. Ha convertido a la Tierra en un inmenso vertedero.
Como es costumbre, en lugar de atacar el problema en sus raíces, le hemos dado la vuelta. Para conjurar las náuseas, hemos rebautizado la basura con eufemismos, como cuando llamamos “generador de violencia” a un criminal o “pobreza alimentaria” al hambre. Hemos convertido la disposición de los desechos en un lucrativo negocio –incluso para el crimen organizado– en nombre del interés ecológico y hemos satanizado al pobre que sorbe un refresco con un popote de plástico –su única fuente energética–, mientras miramos hacia otro lado frente a quienes contaminan masivamente el aire, la tierra y el agua con sus sucios negocios.
Santiago Beruete, antropólogo, filósofo y jardinero, lo dice muy bien:
“Todos y cada uno de nosotros, sin excepción, estamos embarcados en un experimento medioambiental de resultados impredecibles. No podemos seguir creciendo al ritmo actual sin acercarnos al horizonte de un colapso ecológico. El creciente impacto de la actividad humana sobre los ecosistemas terrestres y marinos está comprometiendo las condiciones de vida en la Tierra. ¿Cuánto más podremos seguir violentando la biósfera sin provocar una catástrofe e, irónicamente, una abrupta regresión al estado de naturaleza?”.
El historiador alemán Philipp Blom se pregunta qué es lo que está en juego. Y nos dice:
“Aceptado, pues: son pocos los indicios que permiten creer en la posibilidad de un cambio radical, pero, a falta de un planeta B, sólo queda luchar para que surjan, en un mar de dificultades, pequeños archipiélagos de esperanza, de humanidad. Y que duren… ¿Qué está en juego? Todo”.
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